El Tío Carlos

Hoy es miércoles, he dormido poco, me siento exacerbado por los recuerdos ponzoñosos que me traen su voz.

Martes:

He venido corriendo a casa para buscar un par de zapatillas que me compró papá. Son las 18 horas, el clima es aún cálido, el sudor destila de mi frente y recuerdo por un instante, como un sueño, la razón por la que estoy ansioso de vender aquel regalo que el viejo bonachón me dio. Me detengo en la puerta de mi apartamento en el piso siete, respiro agitado, tomo la bolsa de tela negra y me escondo, porque me escondo y no sé de quién. Creo que mi conciencia presume que papá anda observándome con desacierto, apesadumbrado, estupefacto, mi condición no es normal.

Luego retomo las escaleras en vez del ascensor, el sudor me cae en los ojos y arde, incomoda, y pienso en las veces que sus manos ásperas limpiaban mi cara cuando niño. Estoy corriendo rumbo abajo y trato de no meditar porque los recuerdos me invaden y caigo de bruces inundado en ellos. Caminar tampoco me hace bien porque me da tiempo para desterrar los recuerdos escabrosos de mi vida, le doy demasiadas vueltas, pienso en mi soledad, en el fracaso, en mis fantasmas que amedrentan la noche más oscura, pienso en Paula Vergara y nuestras tardes de arte y marihuana allá por el verano del 2009, la recuerdo rulosa y de piel canela, exponiendo su belleza frente al mar, tomando mi mano para llevarme con ella a darnos ese chapuzón de agua salada, a veces desnudos, a veces con ropa. La recuerdo aún con vida.

Lunes:

Las noticias del fin de semana han dejado una sonda que aturde mi cabeza, me vuelca en un sinfín de ideas vagas que me deja taciturno. El asesinato de la modelo venezolana es un misterio, en el apartamento de Humberto Quezada es hallada sin vida, boca abajo y sobre la cama, envuelta de sábanas, aquella mujer que gozó de buena fama en su momento. Su muerte no deja rastro.

–¡Ha sido sobre dosis!– grita de lejos el perito. Revisan minuciosamente el apartamento y a la occisa, pero no encuentran sino solo lo que ha consumido. No hay más evidencia y es extraño. Interrogan al dueño del lugar pero no dice mucho, hasta resulta cómplice su silencio, pero con la frialdad de un felino arremete con coartadas perfectas para dejar incólume su candidez.

Yo conocí a Humberto Quezada porque el tío Carlos me lo presentó en una reunión en un conocido hotel miraflorino. Fue hace un tiempo atrás, el tío Carlos se la pasó hablando con orgullo y desfachatez de sus conquistas amorosas, y el reciente éxito de sus negocios con ese polvo blanco. Estaba sentado en el salón principal, comiendo con los adinerados y recetando fórmulas para escabullirse con precisión de la policía. Allí nos inmiscuimos en una larga plática sobre apuestas, traficantes y orgías, él era un eximio en la materia, yo un ingenuo oidor de las argucias canallescas que aquella noche contaba. Las semanas siguientes, después de ese falaz encuentro, me volví un asiduo visitante a su apartamento del malecón, quizá buscaba calmar mi obsesión por el cigarro aunque debo admitir que mi curiosidad por lo enigmático, tenebroso y extraño fue empujándome a las sombras de lo prohibido.

Domingo:

Se habían convertido en el descanso eterno, estar en cama causaba satisfacción, creía que nuestras almas existían para hacer nada y por ello estar así, simplemente haciendo nada, era la mejor forma de sacar provecho a nuestra precaria esencia. Probablemente en otro tiempo, presuroso y con esmero, hubiera ido a la iglesia de papá, pero hacía mucho que no lo hacía y esta no sería la excepción. Papá era un buen tipo, era rudo, renegón, bromista, empeñoso, pero las ideas anarquistas afloran porque somos seres libres, entonces no encontraba la razón por la que debía arrodillarme ante ese madero donde un hombre desnudo había muerto por compasión. Si amar a los hombres era muerte, prefería el devenir.

Estaba reflexivo, habían encontrado un cadáver en la casa de las orgías, del humo, de la coca, y yo había estado un día antes allí, entonces sentí un miedo profundo inundar mi ser. Esas fiestas eran verdaderos bacanales, lo sé porque a veces veíamos los videos que el tío Carlos grababa, y porque un día olvidó la puerta abierta.

Él era un enfermo, depravado, pero contaba con una habilidad profesional para hacer amigos y venderles su producto, incluso los policías que sabían de sus prácticas pérfidas, lo sobornaban, lo alentaban, le daban seguridad e incluso algunos salieron en sus videos, en escenas poco decorosas.

–Deberías quedarte a la fiesta ¡no seas maricón!–Me lo dijo la segunda vez que fui a su casa y notó que me marchaba cuando empezaba el jolgorio. Prefería caminar con el humo en la cabeza e imaginar que me aventaba por el puente Villena, aunque era un pusilánime. Extrañaba a Paula Vergara y quería empatizar con ella, con la decisión que la llevó a enfrentar su muerte, siendo ella tan agraciada y risueña, teniéndolo todo.

Sábado:

Me quedé unas horas esperando a que el tío Carlos me escriba, esa era la señal para ir a su apartamento en una callecita cerca al malecón. Ya se había hecho costumbre asistir a aquella posada, solo que esta vez cambiaron de lugar. Estaba demorado por mi vicio con los números y el disco, la puerta de aquella casa se cerraba y nadie más podía entrar, era por seguridad. Tomé el camino más corto mientras fumaba un pucho de marihuana, me detuve en una pequeña tienda a comprar comida, porque después el efecto sería voraz. Una llamada me alertó de que algo no andaba bien, la fiesta se había descontrolado, el tío Carlos no había ido. La policía había llegado al lugar y estaban capturando a pequeños comercializadores de la zona. Era un mal augurio. Decidí dar marcha atrás, mientras la ambulancia se parqueaba frente al edificio.

Esa sería la última vez que sabría algo del tío Carlos, de su amigo Humberto y de aquel departamento sórdido, lúgubre, con olor a lujuria, frente al mar en un callecita del malecón.

Me quedé solo y pensando en Paula, mientras caían mis hombros, y mi mente sucumbía ante lo efímero y placentero de nuestra pasajera existencia, tan pasajera que solo algunos como ella elegían cuándo entregársela al destino.

Había olvidado que necesitaba dinero para mis vicios, pensé entonces en vender un par de zapatillas, serían la única salida.

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