La Hija De Nadie

Laura Susana Hernandez Portilla era mi amiga de la adolescencia. Sus ojos verdes, mejillas rosadas y labios rojos eran una suerte de mezcla angelical, si el cielo estaba oscuro, ella lo alumbraba con su presencia.

Cuando Susana Hernandez llegó a nuestras vidas, un otoño del 2004, tenía catorce años, el cabello largo y castaño, la piel blanca, una sonrisa encantadora, la mirada cándida pero profunda y un look sencillo. Era la combinación perfecta de mujer, tenía una facilidad para conectar en las charlas más extrañas y causar incomodidad con su curiosidad insaciable, ponzoñosa, desmedida, con ganas de engallarse a la esclavitud, a la tiranía, a la injusticia. Poseía un carisma peculiar, una coquetería inocente y que, en ocasiones, me hacían ruborizar de estupor, extasiado e intimidado por su frescura y desenvolvimiento en cada plática que emprendía. Los sábados religiosamente nos sentábamos en el patio de mármol y piedra negra, bajo un viejo árbol, a conversar, yo la oía tan apasionado, patidifuso, que veía como dibujaba cada letra con sus labios, luego reíamos sin culpa con la mas pura idea de ser amigos y nada más.

– ¿Te imaginas cómo será mirarnos después de tener sexo? Esa sensación rondando nuestras cabezas debe ser deliciosa, extrañamente deliciosa –. Traté de interrumpir ese momento incomodo que había fortalecido mis hormonas. – Debe ser vergonzoso verse desnudos, acariciarse, sentir que llegó el momento –Continuó al detalle en su viaje por lo inhóspito y prohibido para mí hasta aquel entonces. Estornudé tan fingidamente que ella lo notó, tomó mi brazo y sonrió, colorada y con esos ojos brillantes adormeció mi reacción. Era un vendaval oír de sus labios esas preguntas, esa especie de pensamiento erótico, libidinoso pero valiente, osado como solo ella solía ser. Éramos inexpertos en esas artes, yo un inocuo, casi un bobo, ella candorosa y virginal. Yo aún tímido e iletrado. Ella impetuosa para esgrimirse ante lo inenarrable, para expresar con sinceridad incomoda su percepción de lo inexpugnable, para enfrentar a la crítica mientras confabulaban nuestras voces en un patio de iglesia antigua y bien cuidada. De pronto vimos venir a su padre, un pastor de iglesia de modales refinados, elegante y muy caballeroso, apresuró sus pasos hasta nuestro escondite bajo el árbol y se la llevó, la arrebató de mis manos, nos dejó inconclusos.

Fueron los minutos más desconcertantes pero no menos excitantes de mi adolescencia. No guardamos ningún secreto a nuestras dudas, prometimos seguir charlando al respecto y, en efecto, así fueron los siguientes años. Susana Hernandez se volvió una maestra para mí, hablamos con impudicia de la vida, con naturalidad, con frescura, yo la admiraba por ser tan elocuente y a la vez prohibida, hasta que un día dejamos de ser amigos, ella se marchó sin despedirse, entonces fui infeliz, decayeron mis ganas, me sentí abandonado y traicionado porque la idolatraba en secreto, en lo más profundo de mi ser, y estaba dispuesto a callar con hidalguía para no perder su noble amistad, ni la de mi mejor amigo que hacía tiempo había claudicado ante aquella niña de mejillas rosadas. Nunca llegué a decirle que la quería, que era divina, que escucharla era estar en un concierto lírico, que me moría por ella, que quería tomar su mano y caminar juntos a cualquier lado, por cualquier rumbo, a algún sendero siniestro o quizá luminoso y me culpé durante los siguientes años por ser un pusilánime. Ella y su familia se marcharon un invierno de 2008, dejando mi alma, si acaso existe alma, tan fría como derruida, solitaria, inservible. Me sentía un héroe cobarde por callar mis sentimientos, por enclaustrarme en el silencio, por refugiarme en mi mundo imaginario. Héroe al fin y al cabo.

Susana Hernandez, como era de esperarse, se enamoró de un joven un par de años mayor, estudió una carrera en la que, creo yo, pudo desfogar su curiosidad y sentido desarrollado de observación, se olvidó de mí tan pronto como pudo, al cabo de un tiempo terminó su relación y se volvió a enamorar, consiguió un trabajo, falleció mamá, lo cual fue un golpe devastador para su familia y, meses después, volvió a terminar su relación. Años más tarde, a las tres de la mañana, en un conocido festín miraflorino, la vi nuevamente, traía un pantalón azul con cinto de colores, estaba rodeada de amigos, bebía pisco sour y miraba inquieta a todos lados, supongo yo que por el excesivo alcohol. Fue inevitable recordar, neutralizado por la frustración de una declaración inconclusa, en una de esas noches solitarias en las que caminaba por horas mientras esperaba mi vuelo, que el ser más angelical que acaso había existido entre nosotros, estaba desorbitada, libidinosa y ebria de deseo. Por momentos vacilaba si era ella o si acaso, ebrio yo, embelesado no distinguía lo irreal. Cruzamos miradas al ritmo de rock ochentero, ella lo evitó con un cálculo perfecto porque no perdía su instinto observador. Yo, sentado del lado más frío del bar, pretendí alcanzar sus manos, ella lo prohibió con indiferencia y astucia impecable.

La seguí unas cuadras, en una calle con nombre de héroe, como el que me creía de adolescente, la seguí porque me rehusaba a su apatía, entonces en la noche más oscura, con papá lejos de casa, se sintió menos extraña, se sintió libre de dogmas, se sintió la hija de nadie y quizá, por primera vez en su vida, se sintió ella misma. La seguí sin querer porque se levantó misteriosa y yo también debía marcharme, ella iba con esa chica de apellido inglés que el mesero, un conocido mío, me señaló. Se dieron un beso apasionado y tierno que duró unos pocos segundos. Avanzaron unos pasos como queriendo esconderse del murmullo nocturno, las dejé caminar de la mano y perderse en la niebla porque comprendí que era lo que buscaba, aunque se notaba tímida, tal vez algo aún le avergonzaba o fustigaba su conciencia.

Era una noche de invierno y mi vuelo salía en pocas horas, debía seguir mi rumbo a Buenos Aires.

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