El Amante Imaginario

Llegué corriendo a casa, mi primer beso había sido con él. ¡Sí!. Fue un éxtasis extraño, por momentos delicioso, confusamente delicioso. Estaba deprimido, desahuciado con mis ganas, esas que me hacían despertar erecto, húmedo, tembloroso, entonces ese beso fue un desfogue a mi continencia, una forma de escapar a la melancolía, una especie de orden a mis ideas anarquistas que poseían, sin querer, mis decisiones.

Me conocía, era un pusilánime, dar pasos osados no era precisamente mi virtud, pero cada tarde se sentaba cerca, como al filo de la clase, donde están los mayores murmurando cosas serias e importantes por las que compungir la cara, con su voz calmada y acento paisa pretendía ganar confianza; era como trepar un témpano, ambos sabíamos que se iría a derretir en algún momento y caeríamos por trozos a un mar de fuego, debíamos huir cada quien por su camino, merodear algún escondrijo para estar a salvos, pero entre mi confusión y su trato amable fui aceptando lo extraño, lo que hasta aquel entonces me parecía prohibido.

La tarde del domingo, un mes antes de la fiesta de Las Velitas, después del servicio de la iglesia, me trajo mi postre favorito, uno de chocolate con café. Sospecho, con acierto y precisión, que observaba mis predilecciones, mis manías, mi entorno y, a pesar de estar separados, me seguía mirando con ganas de acercarse, posar su mano en mi cabeza, abrazarme, tocarme. Lo se porque una tarde salía de la ducha, como de costumbre, después de jugar con mis amigos, cuando tuve la extraña sensación que alguien miraba entre las rendijas de la puerta por donde echaban los sobres, eran ojos color almendro que nunca olvidé. Yo inocente apenas me tocaba, me daba caricias cuando secaba mi cuerpo y era lo más próximo al erotismo que podía conocer. Eso de espiar a alguien me resultó aterrador.

Dorita, la costeña, mulata, cachetona, de cabello ensortijado, esbelta, nariz respingada y risueña, era mi alegría, mi motivo y mi amor platónico, yo la quería, su comida era un manjar de aquellos que ni La Brassiere, al que religiosamente íbamos una vez al mes con la abuela, se igualaba. Oscar y yo estábamos de acuerdo, siempre que no nos echaban los guardias, escapábamos a la cocina en busca de una sobra de su deliciosa merienda, sentir el aroma de pan casero era celestial. Ella tenía miedo, lo supe años después, recordé que nos cantaba canciones cristianas para sosegar las pesadillas recurrentes, haciéndonos creer que la comida era culpable de nuestro pavor. Esa negrita a escondidas lloraba, no escandalosamente pero se le veía una lagrima y nadie se atrevió a preguntarle porque sospechábamos, atiborrado de dudas, que uno de nosotros merecía el infierno, la ignominia, el cadalso. Éramos una pandilla de desadaptados, rebeldes, que habíamos burlado los dogmas y dios nos castigaba en nuestros sueños, infringiendo miedo, mezquinándonos la paz.

Fue un viernes por la tarde, un maldito viernes antes de salir del internado. Pegó sus labios tímidamente, cerré los ojos, mientras él tomaba mi cara y dejaba sentir su barba que en ese entonces lucía negra; fue algo natural , un impulso de por si bragado, y, aunque el sumun de la excitación parecía un trago amargo, se convirtió en una especie de éxtasis que duró lo que dura una bengala. Me abrazó por la espalda, sentí su mano fría sobre mi cuello, estaba solo en mi habitación, deprimido, desahuciado, papá se había marchado de la casa para siempre, se había ido con una jovencita de 33, mamá lloraba desconsolada su vergüenza, era un llanto que me conmovía, me hacía pedazos, me dejaba un nudo enorme en la garganta, odiaba mi existencia pero no lo quería aceptar. Ese beso derrumbó el témpano de hielo, el témpano de mi confusión sexual. Pude ver esos ojos color almendro tan de cerca, era él. Le cogí la sotana intentando alejarlo, con un balbuceo aterrado pedí que me soltara, me marché, tocaba día libre una vez al mes y extrañaba caer rendido en los brazos de mi madre.

Continuamos la conversación por una hora más, escuchar aquello me dio nauseas, traté de fingir estar bien.

– ¿Me prestas atención? – insistió dos veces, ese café delicioso y El Parque de la 93 me hicieron perder la noción del tiempo, llevábamos hablando poco más de tres horas, por momentos me creí empatizado con su vida, sufrí una ligera laguna mental, extraviado entre sus confesiones y mi cita nocturna con la rubia de ojos azules que no llegaba.

Estábamos ahí sentados, tan extraños, distintos, en una ciudad que nos hacía el favor de regalarnos una pizca de magia. Nos abrazamos fuerte y prometimos volver a vernos.

Supe, años después, que salió en la televisión. Todos le decían que aquello era mentira, que sus fantasías de adolescente no le dejaba ver la realidad. Que solo era un amante imaginario.

Nunca cumplí mi promesa de volverlo a ver.

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