La China y El Cholo

Eran las diecisiete horas y, el hombre de jean y camisa blanca, entró a la oficina corriendo, presuroso, con la trompa hinchada, el ceño fruncido y con aires de divo. No saludó a ninguno de los que estábamos allí aguardando a nuestra cita. Se dirigió a la oficina principal y habló con un joven, canoso él, de anteojos anticuados y delgaducho, que era el gerente general de aquella empresa inmobiliaria con nombre de estación del año.

El ambiente se tornó hostil, cómplice de algo que ocurría tras bambalinas. Las personas murmuraban nerviosos, iban de un lado a otro llevando informes, documentos, mientras se susurraban al oído, escandalizados, que alguien de mayor poder había venido. Por una mampara entreabierta lo deduje, al ver los gestos iracundos que aquel calvo señor infringía en aquella oficina del piso cuatro en pleno distrito de San Isidro. Por momentos se escuchaban sus voces traspasando el frío cristal que nos separaba. El color blanco de sus mobiliarios se volvió enfermizo, tétrico, inhóspito y una secretaria, robusta y risueña, sentenció con su gesto que algo no estaba bien. Esa gordita me tenía cariño, posaba sus labios en mi mejilla y me hacía ruborizar, sobre todo cuando pegaba sus pechos rechonchos en mi hombro fofo mientras alcanzaba mi cara y la besaba. Cada viernes que iba a su oficina era así. No era un bizarro en esas artes; palidecía, me quedaba estupefacto, sonreía hipócritamente porque recordaba que el único motivo de estar ahí era el trabajo.

Su nombre español, como de cantante trovador, era lo único importado que tenía, y, en esa época, lo único importante. Me saludó de reojo cuando salió, con un gesto casi fugaz, yo pretendí conocerlo, acercarme, ensayar mis primeras palabras de vendedor retoño que quiere impresionar a su cliente, pero ni la mano me extendió. Aquel fue nuestro primer encuentro. Yo tenía veinte, era un muchacho de facha y, como hasta ahora, no despertaba interés en ninguna otra persona.

Eran las quince horas de unos años mas tarde. Reunidos, por azares del destino, en una vieja mansión de Miraflores que había sido derribada para poner los cimientos de un lujoso edificio, encontré a aquel calvo señor justo frente a mi, apoyado en su camioneta color negro zafiro, me saludó complacido como si me conociera de antes, como si fuésemos esos entrañables amigos que se ven después de un tiempo. Nos envolvimos en una larga conversación sobre las formas de hacer negocio y ahorrar costos, sobre las importaciones de China, el boom inmobiliario y una que otra cosa más, de esas que me mandaba decir con su secretaria o su socio pero que él nunca las mencionaba. Pienso que me confundió con alguien. Ahora era un tipo “buena gente”, despistado, de buen gusto, aunque parecía, como yo, haberlo imitado para no quedar mal ante las personas elegantes que frecuentaba.

Eran las diez horas de mucho tiempo después. Lo vi entrar raudamente. Han pasado muchos años desde que El Cholo, con nombre importado, conoció a La China. Desde que salió en la televisión en medio de un escándalo de cara a las elecciones presidenciales. Desde que desapareció de los medios para no dar que hablar a la prensa. Desde que fue investigado y luego blindado por una suerte de pandilla inescrupulosa a los que llaman congresistas. Desde que fui a su casa en La Molina y me recibió su esposa, y trabajamos allí pensando que estaba habitada pero no había ni un alma, únicamente unas cajas de cartón apiladas en el centro de la sala grande con toques finos, y unas cuantas prendas en el armario; prendas en su mayoría de mujer. – ¿Quién tiene una mansión para sólo guardar cajas? – me preguntó el Sr. Sanchez, mi ayudante. Mientras unos extraños hombres sacaban ese bulto y a cambio dejaban un paquete envuelto en bolsa negra como de basura, pero sin ese olor fétido que normalmente despide la bahorrina.

Era él, de camisa blanca, la mirada prepotente, el ceño fruncido y poses de divo, haciendo mérito a su nombre importado. Traía unos kilos de más. Estaba sentado cerca. No me miró. Tampoco me sorprendió verlo y que me ignore, aún mantengo contacto con algunos de sus ex socios y siempre los rumores corren, eso pone incomodo a cualquiera. Lo extraño fue ver que no estaba solo. Tras su abrupta llegada vino con él un personaje polémico, pequeño, de hablar cantinflesco y canoso. Se sentaron presurosos, pidieron un café express, creo yo. Rieron juntos, se sintieron poderosos, intocables pero alguien por atrás, que también se había percatado de aquel falaz encuentro, los fotografió.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.