Dinero fácil y rápido – Capítulo 3

Thomas Penner había sido despedido de su trabajo por su avanzada edad, pues les resultaba un gasto excesivo a sus jefes. La empresa textil donde comenzó como limpiador y que por varios años lo apoyó en su desarrollo, había venido a menos debido a la poca demanda que comenzaron a tener. Esto acabó con varios empleados y él no fue la excepción.

Habían rumores de poca importancia que circulaban por la oficina, pero solo eran eso, rumores. Todos se sentían seguros hasta aquel ingrato día; el Ing. Segovia los mandó a llamar, entonces el silencio invadió la oficina de dos pisos que guardaba secretos intensos como el de la reunión de Efraín.

Aún lo recuerda, cada compañero suyo desfilando tras de él para luego salir con la cabeza inclinada, como quien oculta su llanto por la noticia repentina y criminal. La planta textil de dos pisos se convertía en un cúmulo de latas y fierros retorcidos, causando un paisaje frío y desolador. Había llegado el fin.

– ¡No trabajarán más! – fue lo último  que escuchó, luego acomodó sus cosas en una caja de cartón gris que le regalaron la navidad pasada y que su esposa forró para que no se maltratase en la oficina. Era de esas chucherías a las que uno le agarra cariño sin querer queriendo.

Es costumbre de empresarios despedir a sus empleados haciéndoles firmar una renuncia ficticia y arreglada. En cualquier país es mejor eso a pagar una fuerte suma de indemnización. Aquí no fue la excepción. El capitalismo y su ambición no lograron arreglar el problema básico y elemental del hombre.

Ese día el señor Thomas se marchó cual hombre perdido en sus batallas, lleno de saliva espesa en su garganta, sin precisar qué decirle a su esposa y a sus dos hijas que aún  eran colegialas. Se fue con paso lento y meditabundo; quizo derramar una lágrima pero su hombría no se lo permitió, como nunca se permitió faltar al trabajo o llegar tarde durante los años que estuvo allí.

Era un hombre tímido pero no por ello irresponsable con su hogar. Cada tarde llegaba a casa con el lonche, era una tradición romántica y silenciosa, no profería palabra alguna a su mujer, solo se veían las caras mientras ella calentaba el agua y él ponía la mesa. Después de todo, sus miradas cómplices y los gestos de caballerosidad, enaltecían esa vieja casa con aroma de humedad.

La señora Martha de Penner había ido al hospital para un chequeo preventivo debido a una dolencia en su estómago. Era algo de rutina y sin importancia. A una madre lo que le importan son sus críos antes que perder el tiempo en aburridas citas médicas o en las colas interminables donde las enfermeras, en su mayoría amargadas, no dan razón de doctores o salas de atención. Eso la detuvo en más de una oportunidad,  solo que esta vez, mientras su esposo caminaba por toda aquella avenida larga y recién asfaltada, doña Martha ingresaba a su control.

Aquel día ella ordenó la casa como de costumbre y cocinó el almuerzo. Él caminó despacio rumbo a “Angamos”. Ella nunca más volvió. Él aún no lo sabía. Ella fue diagnosticada con cáncer al páncreas. ¡Jamás se recuperó!. Ella murió cuatro meses más tarde, pese a los esfuerzos del cuerpo médico que dijo hacer lo imposible por salvarla. Él llegó a casa aquel día y con el lonche, como de costumbre, como siempre lo hizo durante los años que estuvieron juntos, solo que esta vez ella no estaba ni estaría más.

Los siguientes días y  meses son otra historia; una de esas largas y cursis que uno prefiere evitar. El hecho es que Thomas hoy tiene una panadería – heladería, sus hijas acabaron la universidad y a sus casi setenta años la recuerda; si se le cae una lágrima no se la guarda, sabe que valió la pena que lo despidieran, que perdiera todo en un instante, que los médicos le vendan la esperanza falsa de la sanidad.

Hoy estuvimos sentados recordando todo mientras tomábamos un helado sabor a menta, esos que él mismo prepara. Me sonrió y tomó del hombro con su mano temblorosa y voz quebrada – Dinero fácil y rápido solo en cuentos – me dijo asentando su cabeza.

(continuará)

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